El mar.
Desde aquella altura le salpicaba el oleaje como una ráfaga de viento húmedo.
Desde aquella altura se rompería los huesos antes de morir.
Se giró hacia la trampilla y esperó a que llegaran.
Se levantó sobre sus tobillos mientras los grilletes tintineaban.
La túnica se prendió de la corriente y le hizo trastabillarse
Hincó una rodilla sobre el bordillo y alzó la mano, abierta y firme. Vio que estaba manchada de sangre.
No esperaba que se detuvieran.
No esperaba que dijeran nada.
Esperaba a que se acercaran hasta las cadenas.
Esperaba a que un tirón rápido la arrastrara por la piedra mojada.
Volvió a erguirse. Allí estaba el primero.
Le sostuvo la mirada, siempre lo hacía, incluso cuando la abofeteaba.
-¡No!- le gritó. La voz le había temblado, pero él la había oído- ¡No!- repitió.
El mar, el mar rugía sordamente.
Entonces saltó.